Y esto está ocurriendo en multitud de temáticas, desde la educación emocional, al acoso, el suicidio o la "neuroeducación de la creatividad"; con marcos conceptuales dispares que simplifican en extremo las causas de problemas complejos y facilitan información irrelevante y, en muchas ocasiones, contraproducente (Foulkes L, Stringaris A., 2023).
La pseudodivulgación parece inundarlo todo, aprovechándose del hecho constatado de que el contexto escolar es el lugar idóneo para desarrollar intervenciones de promoción de determinados aprendizajes y prevención de posibles dificultades en el alumnado. Sin embargo, este tipo de intervenciones se caracterizan, en la mayoría de las ocasiones, por sus buenas intenciones y mínimos criterios de calidad y validez, y donde la valoración de resultados se deja a la mera impresión personal del profesional o a una encuesta de satisfacción de la sesión recibida.
Por otro lado, también existen programas que sí cuentan con modelos teóricos robustos y, sobre todo, con apoyo empírico (Walsh; Herring; McMahon, 2023), en el que se analizan mediante la evaluación de resultados hasta qué punto se han modificado los comportamientos del alumnado al que se aplicó la intervención, en comparación con los que no la recibieron. Se basan en la aleatorización, tanto en la selección como en la asignación de sujetos a las condiciones experimentales a comparar, para analizar la variabilidad intersujeto o entre grupos y de ahí, deducir que estas diferencias se derivarían de la aplicación de un determinado programa. Es lo que se conoce como “práctica basada en la evidencia”, pero su invocación como única fuente de evidencia de la bondad de una intervención no se sustenta en ninguna evidencia científica en la que dicen basarse, la ciencia positivista, empirista y cientifista, no siendo la única forma de concebir la ciencia, ni probablemente la que mejor se corresponde con los fenómenos educativos.
Puede que la mejor ciencia (la ciencia positivista) se convierta en mala ciencia cuando ésta, con su método científico, no se corresponde con el fenómeno que tiene que estudiar o fuerza su estudio a costa de reducirlo y ajustarlo a su metodología (Pérez-Álvarez, 2021). Así, por un lado, los datos que obtiene (estudios correlacionales/descriptivos) se refieren a un alumno/a que no existe: el promedio del grupo en alguna característica, y que sí bien puede funcionar para establecer una probabilidad de ocurrencia del fenómeno en cuestión en la población representada por ese grupo, no sirve para averiguar por qué un alumno se comporta como lo hace en un lugar y en un momento dado, ni para predecir cómo se comportará en el futuro. Por otro, los datos que obtiene pueden ser objetivos y cuantificables estadísticamente, pero estos datos no dejan de ser subjetivos, no estando libres de valores, como si los datos hablaran por sí mismos, pues la subjetividad del investigador es previa a los propios datos, en la medida en que estudia un fenómeno concreto y no otro y de una manera determinada y no de otra.
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