Existe una perspectiva muy generalizada y dominante que considera que la intencionalidad de la conducta se sitúa en el interior del organismo, en el cerebro o en la mente, considerando que lo que una persona hace está determinado por lo que siente y piensa, sin embargo, a pesar de la correlación que pueda existir en pensar, sentir y actuar, el sentir y el pensar nunca son causa del hacer, sino solamente comportamientos relacionados arbitrariamente en la biografía de una persona (Hayes y Brownstein, 1986). Las preferencias individuales en lo que sentimos y pensamos, en lo que queremos conseguir y en cómo conseguimos lo que deseamos, son producto de la historia personal, del aprendizaje. Por extrañas, extraordinarias, comunes, o anómalas que nos puedan parecer las formas de comportamiento a que dan lugar los problemas graves de conducta, su proceso de aprendizaje y mantenimiento está siempre sujeto a la interacción con las respectivas condiciones vitales.
Siendo así, explicar la problemática de conducta en términos interactivos y funcionales supondría que el problema no estaría dentro del alumno, como algo que estuviera defectuoso en variables de índole biológica y/o cognitivas, tales como alteraciones de la respuesta emocional, o de la comprensión del daño realizado, o por una impulsividad incontrolable, pero tampoco fuera, en la sociedad, sino en la historia de relación del alumno y sus circunstancias. Así, por ejemplo, la agresividad no sería algo que uno tiene dentro, sino una situación en la que uno está.
Las circunstancias pudieron ser tan adversas como para moldear toda una forma de ser, estilo o carácter del alumno, sea todo un carácter desafiante, motivado por la obtención de reforzadores de valor para el menor tales como poder, control y validación de sí mismo. Tal carácter, estilo o modo de presentarse, sería una forma de interactuar adaptativa, al menos, en su día y en todo caso un estilo aprendido en relación con un medio social, incluyendo el sistema familiar y/o el educativo. Como tal estilo, no dejaría de reinfluir en su propio entorno, generando determinadas formas de actuación: el alumno desafiante termina por generar contextos agresivos y el alumnado disruptivo termina por ser visto de una manera especial dentro del aula.
Sin embargo, la problemática no solo tiene que ver con el alumno en sus relaciones con los demás, también consigo mismo, con sus propias experiencias, sentimientos y pensamientos. Pero tal y como venimos señalando, no podemos suponer que tenga que haber un defecto, déficit o disfunción en algún presunto mecanismo psicológico (la socorrida función ejecutiva) como causa subyacente a partir de la cual explicar el problema, entre otras cosas, porque los problemas de conducta son posibilidades del alumno, debidos más a su socialización como ser humano que a su naturaleza. Y decimos posibilidades no por el hecho de que si se dan es que son posibles, sino por el fenómeno de la variabilidad en la construcción de la identidad de cada uno, capaz de ser de diversas maneras, incluyendo aquellas que podrían ser problemáticas, aunque no fuera de norma, puesto que aun considerándolas anormales, se atienen a aquellas normas y valores relacionados con el entorno en el que se desenvuelve el alumnado.
. dConducta