Dado que el actual modelo de evaluación psicopedagógica está planteado con una finalidad puramente descriptiva y clasificatoria, únicamente permite una visión estática de estas necesidades educativas, descritas y situadas dentro de una categorización censal.
Las orientaciones y el asesoramiento basado en ese modelo no permite elaborar una respuesta contextualizada, entre otras cosas, porque nada tiene previsto con respecto a una intervención basada en la explicación de las necesidades educativas en un contexto concreto de aprendizaje. La respuesta educativa es genérica (adaptaciones y/o programas) de acuerdo a su descripción y categorización, y supone una seria limitación en los procesos de aprendizaje del alumnado, en el inicio y curso de cada necesidad y en los contextos -formas de actuar del profesorado y familias- sobre los que habría que incidir.
Se necesitaría una evaluación psicopedagógica que permita una relación directa con la intervención y valoración, a su vez, de los cambios, objetivo de todo proceso educativo y como en cualquier disciplina, debería incluir la siguiente buena práctica: “no intervenir sin evaluar y no intervenir sin valorar”. Esto requiere un modelo explicativo experimental, con el establecimiento de hipótesis funcionales de los procesos y contextos de aprendizaje en la respuesta a las diferentes necesidades educativas, lo que facilitaría seleccionar la mejor intervención y, sobre todo, valorar ésta a partir de los cambios producidos, que no otra cosa es el aprendizaje, en el que tienen un papel predominante familia y profesorado.
El aprendizaje no ocurre en el vacío, siempre ocurre en un contexto al cual se aprende a responder de una cierta manera. Al reconocer las neae dentro de un contexto, dejamos de categorizarlas como trastornos o déficits en el sentido biomédico y las analizamos como una situación sujeta a contingencias en las que podemos actuar para atenderlas.
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