A este fenómeno no es ajeno el mundo educativo, deslumbrado por sus metáforas e imágenes, a juzgar por el nuevo término de "neuroeducación" con que se presenta y al empaquetado de cursos y jornadas de los Centros del Profesorado correspondientes.

 

Sin embargo, aún cuando pareciera que la ciencia había dejado atrás el velo de los antiguos mitos, en su base se vuelve a enmascarar un pensamiento dualista de nueva cara, en el que se desecha la mente como algo espiritual, sustituida ahora por la creencia ciega en el cerebro como una instancia neuropsicológica que lo controla todo, a la par que facilita un cierto tamiz de “muy científico”, al aludir constantemente a imágenes y conexiones neuronales, cuando realmente son solo epifenómenos o correlatos que ocurren cuando el alumno hace algo por el simple hecho de estar vivo.

 

 Hoy se dice con toda naturalidad que el cerebro piensa, razona, decide, construye hipótesis, hace cálculos, reúne información, imita las acciones de otros, etc. Es más, se da por hecho que el cerebro es el que construye el mundo tal y como lo vemos (Pérez, M. 2011 El mito del cerebro creador. Madrid. Alianza Editorial) y esto es muy grave. Deberíamos confrontar este tipo de planteamientos precientíficos que están llevando a la educación a un reduccionismo   biologicista   y  que  además  camufla las

formas más burdas  de espiritualismo, con conceptos New Age tipo meditación y mindfulness con sus coachs correspondientes, suponiendo todo un proceso de reconversión que sin duda permite revender todo lo que ya se sabía de los procesos de enseñanza aprendizaje desde la perspectiva neuro y sobre todo, a eximir de responsabilidad a la familia y al profesorado en cuanto al papel neutral que puede jugar el cerebro en la explicación y justificación de determinadas dificultades del alumnado, ahora reconvertidas en supuestos trastornos a tratar desde una perspectiva biomédica. No es la sociedad, no son los modelos, no es la familia, ni los contextos de aprendizaje, no soy yo, es el cerebro. El problema es que el camino del cerebro puede ser una dirección equivocada para mejorar los procesos educativos porque allí no encontremos las claves, y llevar al profesorado y las familias a perder su capacidad transformadora.

. dConducta