Pero, tal vez, este debate puede resultar ficticio si consideramos que ambos planteamientos, de alguna forma, no resultan incompatibles: se pueden aprender contenidos y estar satisfecho con lo que se aprende, es decir, que si la conducta de aprender produce resultados de interés, entonces se obtiene satisfacción, confianza y hasta “felicidad”, dependiendo de los diversos parámetros que definen el valor de los efectos obtenidos y, por el contrario, la carencia de resultados a lo que abocaría sería a la frustración, el desánimo y a la falta de confianza.
Siendo así, el verdadero debate realmente habría que situarlo en el modelo de educación emocional que se quiere implementar en los currículos, ya que la tendencia más socorrida (y diríamos interesada), suele invertir el orden causal en la explicación del bienestar del alumnado, apelando al estado psicológico como causa del aprendizaje. Más concretamente, en el supuesto de éxito, se suele achacar al “sentimiento” de autoeficacia/autoestima como explicación y su ausencia como causa del fracaso. Según esta explicación serían los sentimientos la causa cabal de los resultados del aprendizaje y no parte de los resultados “dependiendo de cómo vayan las cosas”. El fracaso y el abandono escolar tendrían pues una explicación clara y, por lo tanto, una solución exclusivamente actitudinal y emocional, es decir, individual. Se potencia así la idea de un alumnado como capital humano que debe desarrollarse y mejorarse continuamente, con un sesgo marcadamente individualista; enfatizándose la idea de que los éxitos y los fracasos personales derivan casi por completo de la capacidad o incapacidad del alumno para adaptarse a nivel social, académico y, posteriormente, profesional, en una identidad personal autorreferente y autoconstituida de elección obligatoria.
En este contexto surge la “Psicología Positiva”, que ofrece la promesa de la felicidad y el bienestar convertidos en la posibilidad de alcanzar estados emocionales positivos de acuerdo a tres postulados. En primer lugar, defendiendo la emoción como sentimiento dirigido a si mismo, más que orientada al mundo. Segundo, una aproximación animista/mentalista en la que el tipo de pensamiento “positivo o negativo” y la interpretación de situaciones y acontecimientos constituyen la clave del bienestar o el malestar individual, independientemente de las circunstancias y, en tercer lugar, la posibilidad del cambio interior al potenciar los pensamientos positivos, evitando los negativos, a través de un conjunto de técnicas y actividades en lo que William James denominaba como “la religión de la mentalidad sana” (James, 1986).
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