En el mundo educativo es preponderante un modelo biomédico que asume que estos problemas se presentan como trastornos diagnosticables discretos causados por una supuesta variable latente (función ejecutiva), a tratar por especialistas que aplican pautas de práctica para la reducción de síntomas. Y esto es así, ya que existe el supuesto generalizado de que estas conductas son debidas prácticamente, de manera exclusiva, a factores genéticos que provocan una maduración cerebral retardada y afectarían a esa supuesta función ejecutiva (Pennington y Ozonoff, 1996; Barkley, 1997) que impide repertorios de inhibición y de autorregulación del comportamiento. Si embargo, situar los problemas de atención e hiperactividad dentro de uno, en este caso en el alumno, presuntamente localizado en los genes y en el cerebro, no está sustentado en bases científicas, sino en un uso ideológico de las ciencias y prácticas clínicas cuyos discursos dominantes encubren sus verdaderas causas sociales.
Sería iluso obviar la evidencia y el peso que los factores genéticos y las diferencias neuroanatómicas tienen en las conductas desatentas y/o hiperactivas, pero más injusto sería si cabe, no situar esa evidencia y sus datos (correlacionales, no causales) en sus justos términos, y es que se da por hecho que la inhibición y autorregulación surgen con la edad y “brotan” de zonas localizadas de la anatomía cerebral, determinadas, en gran medida, genéticamente. Pero separar los efectos genéticos del ambiente es erróneo (epigenética) y más erróneo aún reducir el comportamiento, cualquier comportamiento, a una parte de sus componentes, en este caso los genes. Sería como buscar la música en el interior de un piano tal y como planteaba Kantor (1959): ¿dónde está la música cuando el pianista no toca el piano? ¿Acaso está en el piano, o acaso está en la historia del pianista y su interacción con el instrumento?
El componente genético es sólo una parte; la genética y la neuroanatomía no hacen surgir por si solos repertorios de inhibición y autorregulación en ausencia de un contexto social (reglas y contingencias sociales) que moldee tales repertorios de conducta. Representan, eso sí, el punto de partida y la base como variables dependientes, que pueden facilitar y hacer posible (condición de posibilidad) que el contexto social moldee esos repertorios, pero no el repertorio mismo.
Por ello, en ausencia de un pormenorizado análisis funcional básico de cómo los repertorios de inhibición y autorregulación son moldeados socialmente, resulta muy grave concluir que las conductas desatentas y/o la hiperactividad son debidos a un retraso/trastorno del neurodesarrollo de base genética; y es muy grave y problemático porque implica proponer pautas de intervención que no van enfocadas al moldeamiento directo de repertorios de conducta claves de estos comportamientos. Así, por ejemplo, el modelo híbrido de autorregulación de Barkley, ofrece pautas que facilita las fuentes de control externo del comportamiento de los alumnos a la espera de que, por alguna razón desconocida, el cerebro madure y se desarrollen los repertorios de autorregulación ausentes. Su efecto es aumentar la dependencia de otros, la pérdida de autonomía y la disminución del número de interacciones que moldearían su adquisición.
. dConducta