Sin embargo, un enfoque de este tipo, basado exclusivamente en síntomas, nunca podría hacerse cargo de lo que les pasa a los alumnos que presentan este tipo de experiencias, ya que, al fin y al cabo, las personas son algo más que un conjunto de síntomas y más allá de estos y de su clasificación, estaría el alumno/a con sus malestares en su modo funcional de estar-en-el-mundo.
La experiencia de la depresión supone ante todo una situación límite en la que cambia la relación con el mundo, los demás y nosotros mismos. El mundo se vuelve plano, vacío de sentido y se produce una ruptura de las rutinas que conformaban la vida cotidiana, en la que existen pocos alicientes y muchos inconvenientes, incluyendo la tristeza y la desesperanza. En cuanto a la ansiedad, ésta supone también una situación en la que uno se siente expuesto sin las seguridades que hasta ahora le sostenían, como ocurre en la adolescencia, y al igual que la depresión no estaría dentro de uno en supuestos circuitos neurológicos, ideas irracionales o conflictos, ni tampoco fuera como amenazas que rodean a uno, sino que sería el alumno/a el que estaría dentro de una situación donde se produce el desmoronamiento de un contexto que ya no ofrece la seguridad de antes. Por ello habría que plantearse dos cuestiones: a) qué condiciones ocasionan las conductas incluidas dentro de estas dos categorías y b) cuáles son las consecuencias de estas conductas para el alumno/a.
Nos interesa analizar tanto los eventos que ocurren en la vida del alumno/a, como qué consigue con sus respuestas a tales eventos, teniendo en cuenta que gran parte de esas conductas vienen a funcionar, en realidad, como evitación de importantes ámbitos de la vida del adolescente. Esa evitación puede tomar diversas formas, desde permanecer en casa, ¨retirándose” de las actividades habituales, a pensamientos intrusivos, pasando por diferentes modos de interacción con los demás.
En primer lugar, tanto la ansiedad como la depresión se consideran dos tipos diferentes de experiencia emocional. Estas experiencias están constituidas de otras emociones más básicas, algunas de las cuales son compartidas y otras más específicas. Por ejemplo, la irritabilidad y la preocupación son emociones compartidas por ambas. En contraste, el miedo es una emoción específica de la ansiedad, mientras que la tristeza lo es de la depresión. Pero ambas experiencias nunca son auto-originarias de la persona, no emanan de ella; las emociones son fenómenos individuales solamente después de haber adquirido su papel en la interacción social (Frijda y Mesquita, 1994) y de ahí su carácter eminentemente social.
Se construye la experiencia emocional en un contexto social, se aprenden sus formas expresivas, se desempeñan de acuerdo con las circunstancias y se da cuenta de ellas según una explicación narrativa. En este sentido, la experiencia emocional se atiene a guiones auto-narrativos que dan cuenta de una cierta identidad personal que explica lo que hacemos en términos de sentimientos, emociones y demás razones psicológicas, y en este juego social los pensamientos y las emociones las hemos convertido en causas de lo que hacemos.
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