Se insiste en multitud de estudios en la influencia decisiva que tienen los trastornos mentales en la conducta suicida y las autolesiones, justificándose de esta manera que la mejor manera de prevención es la vía indirecta mediante su detección precoz y su derivación a especialistas para el tratamiento del trastorno de base. Este enfoque está profundamente instaurado en nuestras instituciones, como así reflejan la mayoría de los protocolos implantados en los centros educativos y sanitarios, y en la población en general. Pero, tal vez, con este planteamiento estemos abordando estas problemáticas de forma bastante parcial, ya que la ayuda/intervención que ofrezcamos va a depender sobre todo de cómo las conceptualicemos, por ello, entiendo, que habría que situar la conducta suicida y las autolesiones en el lugar que les corresponde.
Probablemente la razón del escaso avance entorno al conocimiento de la conducta suicida y de las autolesiones radique en no haber acertado en la concepción de lo radicalmente psicológico de este tipo de comportamientos (desde la ideación y planificación, hasta los intentos y su consumación) a la hora de abordar su análisis desde una perspectiva que se ajuste a las leyes que regulan cualquier comportamiento humano. Acercarse a lo psicológico de estos comportamientos y analizarlos en términos funcionales tiene otras repercusiones en el ámbito de la prevención y del tratamiento, de tal forma que sería necesario un cambio de orientación para entender cómo se forman los repertorios de conducta más complejos en las personas y sus patrones de regulación. Entender cómo y de qué está hecha la historia personal y cómo se da y transforma en el presente de cada alumno, es entender la conducta humana, no sólo para explicar los repertorios que consideramos socialmente saludables en una cultura concreta, sino para los que se califican de trastornos mentales, y que como ya señalara Szaas (1960), ni son trastornos, ni son mentales.
Uno de los errores más graves en el abordaje de este tipo de problemáticas es obviar las condiciones que moldean el repertorio de conducta de los adolescentes, debido a que cada vez más en la actualidad se tratan de explicar los productos psicológicos como derivados de productos biológicos, atendiendo a los cambios que se producen a nivel neurológico cuando los alumnos se están comportando en una tarea o actividad específica. Esto no deja de ser un error conceptual mayúsculo, cuando de las relaciones entre variables psicológicas y biológicas se salta, por arte de magia, del nivel correlacional al de la explicación causal de lo psicológico a partir de lo biológico (Pérez Álvarez, 2011).
La respuesta a la pregunta ¿qué es y de está hecha la conducta suicida y las autolesiones?, debe venir de la investigación básica sobre cómo se desarrollan los pensamientos, las emociones y los recuerdos como contenidos de la historia personal, sobre cómo se adquiere la habilidad para diferenciarse de esos contenidos y la perspectiva desde la que es posible actuar, y sobre cómo se aprende a regular la propia conducta.
. dConducta